Capítulo cinco

sábado, 17 de septiembre de 2016

La vida es un sueño y despiertas de él antes de morir, había dicho James en el último capítulo publicado de Shanon y los chicos. Zafire no dejó de darle vueltas a la breve reflexión del muchacho hasta que consiguió sumergirse entre los brazos de Morfeo por primera vez, a pesar de que le durase poco, dando con la posible respuesta a la pregunta que había formulado Connor al final del episodio: ¿De qué sirve despertarse si vas a morir después?

"Suele decirse que al estar en el filo de la muerte ves tu vida pasar en un instante como si se tratara de una película en la que eres el protagonista. Esto ocurre porque el cerebro sigue funcionando treinta segundos después de que el flujo sanguíneo se haya detenido, según estudios científicos.
Yo, desde mis escasos conocimientos y opinión personal sobre este tema, interpreto lo que ha dicho James como una representación reducida de dichos análisis, ya que estos han sido elaborados gracias a las experiencias de las personas que se han quedado en coma y han podido superar ese estado.
Sin embargo, discrepo con parte de su reflexión y con la pregunta de Connor. Lo cierto es que —a mi parecer— nunca morimos. Nuestro cuerpo puede llegar a hacerlo, pero jamás lo hará nuestra alma. Es probable que haya gente en desacuerdo conmigo, pero estoy convencida de que eso es lo que sucede cuando rozamos el abismo.
Nuestro espíritu es inmortal, y a él se unen nuestros sueños.
Incluida la Vida."


  ☁ ☁ ☁   


   Zafire consiguió vestirse tan rápido como el tiempo le había permitido. Cogió su móvil y no sin antes enviar un mensaje al grupo que habían creado las chicas, salió de su habitación colgándose el asa de su bolso en el hombro, colocándose también el cuello de la camisa de cuadros que había elegido la noche anterior. En él estaban agregadas Hayley, Amber y Madison. Se habían pasado la noche hablando sobre trivialidades y conociéndose un poco más después de que Zafire se despertase exhausta a causa de una terrible pesadilla. Compartiendo palabras y algún que otro secreto sin demasiada relevancia. Quedarían después de comer para continuar con las conversaciones que habían aplazado porque a más de una se le cerraban los ojos. A las cuatro de la madrugada volvió a conciliar el sueño.
   Joey la esperaba en el piso de abajo sentado en el sofá mientras hablaba con Patrick y Byron. Les había preguntado si querían acompañarles al Museo Británico, pero los presentes denegaron su propuesta. Ambos sabían a la perfección el tiempo que llevaba sin ver a su hija y decidieron dejarles unas horas a solas.
   Irían en tren para no tener ningún problema con el aparcamiento cuando llegasen, así que en cuanto Zafire bajó las escaleras se pusieron en camino. Se despidieron de ellos y caminaron hasta la estación más cercana.
   Zafire se dio cuenta de que su padre estaba echándole un vistazo a una revista de arte durante el trayecto, deteniéndose en las imágenes de cada página y pasando la yema de los dedos con delicadeza sobre ellas, como si temiera que fueran a romperse en cualquier momento. Por un instante, se quedó observándole con atención. Allí, sentado frente a ella, con las piernas cruzadas de manera despreocupada, quiso recordarle cuánto le quería. Recordárselo hasta que le quedase lo suficientemente claro como para que jamás se olvidara de que le quería incluso cuando se enfadaban. Cuando suspendía y él la regañaba, cuando ella le gritaba un «te odio» después de una discusión. Le quería sin pensarlo, y no porque fuera su padre, sino porque no le cambiaría por nadie. Aunque su madre encontrase otro hombre que la quisiera y respetase tal y como hizo Joey; aunque ella también lo considerase como un segundo progenitor, jamás le reemplazaría.
   Él también la quería. Con locura. Daría la vida por ella sin pensárselo dos veces. Zafire era la niña de sus ojos. La niña que había visto crecer hasta convertirse en una mujer casi adulta, con muchísimas metas y sueños que cumplir. Nunca había dudado en compartirlos con él, y eso le hacía el hombre más feliz de la tierra. Ella siempre había estado ahí, escuchándole y contradiciéndole si hacía falta. Sonriéndole cuando había tenido un mal día, abrazándole cada mañana en lugar de un «buenos días», porque entre ellos las palabras sobraban. Estaba seguro de que ni siquiera hizo falta el «te he echado de menos» que le susurró cuando llegaron a casa, porque ella lo había visto reflejado en su mirada, luchando contra las lágrimas que se consumían por querer ser libres. Y allí, observando cómo miraba el paisaje a través del ventanal, quiso recordarle que la quería como a nadie.
   —Te quiero —dijeron al unísono, provocando que una sonrisa se apoderase del rostro de ambos.
   —¿Estabas pensando lo mismo que yo? —le pregunto Zafire con la voz levemente entrecortada.
   Joey asintió.
   Y, de nuevo, las palabras le sobraron para fundirse en un tierno y cálido abrazo, haciendo que el bombardeo de cada corazón se uniera con su compañero.

   El museo estaba lleno de gente. Turistas que seguían con cierto interés a sus respectivos guías y personas que a Joey le parecía haber visto alguna vez.
   Zafire se había sorprendido ante la elegante y clásica arquitectura del edificio. Fotografió la fachada con la cámara de su móvil antes de entrar y pasearon con sumo cuidado entre las personas, admirando con atención la colección de antigüedades y piezas de arte que escondía aquel increíble espacio. Era un universo en el que Zafire no dudaría en quedarse a vivir. Por las muecas de asombro de Joey supo que a él tampoco le importaría.
   —Esto es precioso —susurró su padre.
   Zafire asintió, absorta por la belleza del lugar.
   —Y tanto —contestó en otro murmullo.
   —A tu madre le hubiera encantado —comentó, dirigiéndose después hacia ella y curvando la comisura de sus labios.
   La joven volvió a asentir como respuesta, devolviéndole la sonrisa.
   —Estaría yendo de aquí para allá porque quiere verlo todo hoy y luego se quejaría de que no tuvo tiempo para admirar las obras —añadió la morena riéndose.
   Joey se unió a su risa y rodeó sus hombros con su brazo, caminando tranquilamente a su lado.
   —Cuando eras pequeña quise saber tu opinión sobre el Arte y me dijiste que tenías que pensarla. Tengo curiosidad, ¿has conseguido la respuesta adecuada? —le preguntó el hombre sin dejar de andar.
   Zafire dejó su mente en blanco por un momento.
   Uno de sus profesores solía decir que todo aquello que no se encuentre en un museo o no haya sido creado por un artista destacado, no puede ser arte: pero lo cierto es que estamos rodeados de él. En tu dormitorio, en tu hogar. En la calles y en la naturaleza. Está ahí, aunque todavía no hayas conseguido percatarte de ello. A la vista de todo aquel que pueda ver más allá de lo que está presente.
   Arte somos nosotros cuando nadie nos ve, escribió Zafire en su diario después de una de sus tantas reflexiones consigo misma. Porque el arte no siempre se puede tocar, tiene que hacerte sentir de la misma manera en la que puede hacerlo tu canción favorita. Cuando su melodía te acaricia el alma y te consuela. Cuando la voz de la persona que la está interpretando te pone el vello de punta. Y no te está tocando.
   Arte son los latidos de tu corazón. Son tus manos, tu rostro y el conjunto de tu cuerpo entero. De pies a cabeza y viceversa, porque somos naturaleza.
   Arte es...
   —Es probable que todavía no esté completa, pero creo que sí —respondió Zafire en un intento por no sonar demasiado confusa.
   —¿Hacemos un trato? —cuestionó Joey en tono divertido.
   Siempre aceptaría.
   —¿En qué consistiría?
   —Antes de que te vayas, me tienes que dejar escrita tu opinión.
   —¿Y qué me das a cambio?
   —¿No te vale con el amor incondicional de tu padre?
   La morena no pudo evitar soltar una carcajada.
   Era un caso perdido. 


  ☁ ☁ ☁   


   Hayley llegó la primera. Cuando tocó el timbre, fue Zafire quien la recibió. Byron la saludó después desde el sofá, ya que estaba tumbado con la vista puesta en su lectura actual.
   La acompañó hasta su habitación y tomaron asiento sobre la cama, acomodándose cara a cara con las piernas cruzadas. La pelirroja llevaba nuevamente la yema de los dedos manchadas de tinta, y a Zafire le surgió la curiosidad mientras hablaban de temas sin trascendencia.
   En cuanto la joven quiso saber si había estado escribiendo antes de venir, las pupilas de Hayley brillaron de tal manera que Zafire se cuestionó a sí misma si iba a echarse a llorar en un parpadeo. En su lugar, esbozó una preciosa sonrisa que contagió al instante a la morena.
   —Sí, estaba escribiendo —respondió sin abandonar el gesto de su rostro.
   Acto seguido, comenzó a hablar cuando vio que Zafire abría la boca para preguntar lo evidente. Ella, ensimismada en sus palabras, la escuchó hasta que dio por finalizado su monólogo. Percibió tanta pasión en su tono de voz que descubrió, sin haber tenido la oportunidad de leerla siquiera, que escribía con el corazón en un puño. Dando su alma en ello, como si la vida se le fuera a escapar en un suspiro.
   —Las personas son historias y todas tienen algo que decir —añadió en un susurro.
   Aquello sonó como música para sus oídos.
   —Me encantaría leer algo tuyo —le dijo Zafire.
   —Algún día, te lo prometo.
   Madison y Amber llegaron media hora más tarde. Se habían entretenido por el camino haciéndose fotos con la cámara de la segunda mencionada.
   Se unieron a la conversación dialogando sobre sus hobbies, cambiándose de sitio alrededor de cinco veces por el dormitorio. Riendo y compartiendo sus pasiones. La fotografía, el dibujo y la escritura.
   Por desgracia, el tiempo se les pasó más rápido de lo que esperaban. Con él se presentó Ian, ya que venía a recoger a Hayley a las seis.
   Volverían a verse muy pronto.


  ☁ Hayley ☁ 


   Mientras Ian le quitaba la tapa al spray de color verde, Hayley terminaba de cubrir el suelo de la habitación con la sábana blanca que estaba apoyada sobre una caja, la cual estaba situada al lado de la puerta. Él la miró y le regaló una sonrisa antes de colocarse la mascarilla, empezando a pintar en la pared que tenía delante.
   La pelirroja se acercó y observó con atención cada movimiento, cruzada de brazos.
   —¿Me pasas el spray azul? —le preguntó cuando se dirigió hacia ella.
   Hayley asintió y fue hasta el pequeño armario, abriendo sus puertas y cogiendo lo que le había pedido. Se lo entregó y curvó la comisura de sus labios cuando Ian se lo agradeció.
   Se alejó un poco y se sentó en un silloncito que había unos metros detrás de él. Cruzó las piernas y se dispuso a seguir mirándole, relatando en su mente cada acción como si fuera una de sus propias novelas. Respirando en cada coma, deteniéndose en cada punto y aparte. Aquellas que nunca dejaría que nadie leyese por temor a que descubrieran lo que ocultaba entre líneas. El amor, quizá. O el miedo.
   —¿Hayley, estás bien?
   La voz de Ian la sacó de su ensimismamiento. A continuación, comenzó a notar como sus mejillas se tornaban a un leve color carmesí y asentía a la vez.
   —Sí, claro. ¿Qué ocurre?
   —Me ha dado hambre, ¿vamos a la cocina? —cuestionó cuando guardó la máscara en el armario y esbozó una sonrisa. Era bonito hasta cuando no intentaba serlo.
   La pelirroja se levantó y subieron juntos las escaleras. Ian la dejó pasar y le sirvió un poco de té en una taza que ella misma le había regalado por su último cumpleaños. Se la dio, acompañada de una napolitana, y se sentó a la mesa también tras haber elegido lo que comería.
   Continuaron en silencio, compartiendo miradas que no quedarán en el olvido. Él sonrió y el mundo de Hayley se iluminó una vez más.
   —Tienes chocolate ahí —le dijo señalándole la barbilla cuando se levantaron y se dirigieron al fregadero.
   —¿Dónde? —preguntó ella pasándose la yema de los dedos por la comisura de los labios.
   Ian negó y se acercó a ella.
   Estaba tan cerca que Hayley casi podía sentir cómo las respiraciones se entremezclaban. Le acarició la mejilla con el revés los dedos y ella se estremeció, ruborizándose cuando su mano avanzaba hasta su oreja y entrecerró los ojos.
   Sus narices se rozaron con parsimonia, sintiéndose como las dos últimas personas sobre la faz de la tierra. Su respiración comenzó a entrecortarse cuando su mano acarició su cintura, atrayéndola delicadamente hacia su pecho.
   Antes de que pudiera susurrar siquiera una palabra frente a sus labios, la puerta principal se abrió. Ian se separó como si de encender la luz se tratase y Hayley suspiró profundamente, apoyándose en el borde de la encimera.
   Su hermana pequeña entró primero en la cocina y sonrió al ver a la pelirroja. Esta la recibió entre sus brazos y depositó un beso en la sien de la niña.
   —¿Cómo estás, Abigail?
   —Bien, tenía ganas de verte, Hayley —respondió y le dio un beso en la mejilla, sin soltarla aun.
   —Estábamos hablando de ti en el coche —su madre se asomó apoyándose en el marco de la puerta y ladeó levemente la cabeza, observando la situación.
   —Vaya, espero que fuera algo bueno —comentó Hayley en tono divertido.
   —Siempre será algo bueno si se trata de ti, tesoro —respondió la mujer con una sonrisa y miró a su hija— ¿Por qué no vienes a ayudarme con las bolsas?
   En cuanto abandonaron la estancia, Ian volvió a acercarse a la joven.
   —Ya no tienes chocolate —dijo en un susurro.
   Hayley no pudo evitar fulminarle con la mirada sin dejar de sonreír.
   —¿Qué ha sido eso?
   —¿Por qué no te quedas a dormir y me dejas explicártelo?

Capítulo cuatro

miércoles, 13 de julio de 2016

   Antes de abandonar la casa, la abuela de Byron les advirtió de que bajo ninguna circunstancia se deshicieran de la pulsera porque la realidad podría distorsionarse. Zafire, sin saber muy bien el porqué, se ató el trozo de lana naranja a la muñeca con ayuda del joven mientras se disponía a pedir un deseo con el que había soñado cientos de veces. A cualquier otra persona le habría parecido algo ridículo o incoherente para alguien de su edad, pero Zafire deseaba con toda su alma poder tener un grupo de amigos como los que tenía Shanon en la serie. Con los que poder compartir lo que fuera sin el temor a ser juzgado a las espaldas, con los que te escuchen cuando das tu opinión sobre algún tema y que ellos también compartan la suya porque se sienten a gusto con los presentes. Con los que tener siempre ganas de quedarse aunque tuviera que marcharse.

   Se había llegado a considerar miembro de dos grupos antes de su llegada a Londres, pero solo consiguió sentirse aceptada por sus dos mejores amigos: Lauren y Devon, quienes la habían invitado a unirse al club. En aquel momento no se hablaban demasiado, pero Zafire les seguía teniendo el mismo cariño que cuando les descubrió intentando ayudarla con la separación de sus padres.

   Byron caminaba al lado de ella con la mirada puesta en la feria, ya que empezaba a distinguirse al final de la calle y podía empezar a escucharse la música. Estaba comenzando a anochecer cuando llegaron y Zafire se quedó absorta ante la belleza del atardecer que tenía ante sus ojos. Casi parecía que estuviera hecho a medida para aquella tarde en el muelle. Las luces de las atracciones combinaban perfectamente con los tonos anaranjados del cielo.  Desprendía una cierta sensación de tranquilidad y eso le gustaba, porque se había puesto nerviosa al ver a Byron saludar a unas personas, pero no eran las que esperaban.

   Decidieron ir a un puesto ambulante a por algo de picar mientras aguardaban bajo la cubierta de lona a que llegaran. A Zafire la espera se le hizo eterna.

   Diez minutos después, un grupo formado por cinco chicos y dos chicas se acercaron a Byron por la espalda y lo sorprendieron, haciendo que este diera un pequeño salto y se uniera a la risa de los nuevos cuando los reconoció. La joven los observó a cada uno con paciencia, dándose cuenta de que dos de ellos eran los que estaban sentados en el porche de la casa cuando había llegado ayer. No mostró más que una sonrisa, intentando esconder su sorpresa.

   Hayley apareció unos minutos más tarde de lo acordado y se presentó tal y como lo habían hecho sus compañeros, abrazando luego a Zafire. Esta le devolvió el abrazo y le sonrió, volviendo a meter sus manos en los bolsillos. Era una chica pelirroja muy bonita, y la morena no pudo evitar fijarse en que llevaba los dedos manchados de tinta. Se acordó de ella misma, así que se la imaginó escribiendo, sentada en su escritorio o en donde fuera, e inmediatamente quiso saber más sobre ella. Aunque, también cabía la posibilidad de que en lugar de escribir le gustara dibujar, pero eso no cambió su pensamiento en ningún aspecto.

   Chad llevaba una camiseta deportiva en el que aparecía el logo de los Lakers. Era alto y su risa podía contagiar a todo el mundo, o al menos eso había notado al verlo dialogar con Ethan, el chico que la comparó con el zafiro cuando Byron la presentó por su nombre, el mineral precioso de color azul. También eran guapos, aunque ninguno parecía no serlo.

   Zafire caminaba al lado de Madison mientras conversaban sobre trivialidades y observaba distraídamente cómo se movía ligeramente el cabello áureo de la muchacha con la brisa.

   Sin embargo, la camiseta de Ian era negra y en una tipografía muy delicada llevaba escrito “¿Me tienes miedo?”. El aire misterioso que emanaba aquel chico había cautivado a la joven desde el primer momento. Con la mano derecha se acercaba de vez en cuando a los labios el cigarro que sostenía entre el dedo índice y corazón. Parecía estar ensimismado en su propio mundo, completamente ajeno a la tierra y de nuestra dimensión. Amber andaba a su costado, absorta en la música que se reproducía a través de los auriculares blancos que intentaba ocultar bajo su gorro violeta, con una Réflex colgada al cuello. Estaba sonriendo.

   Theo se dedicaba a contar anécdotas sobre las vacaciones de las que había regresado recientemente mientras paseaba con Ezra, Hayley y Byron. Sus rizos negros parecían flotar en el aire y confundirse con la acogedora noche que comenzaba a envolverlos. La joven se había detenido a analizar al segundo mencionado antes de que se pusieran a dar vueltas por la feria. Al hacer contacto visual con aquellos ojos que parecían tener al mismísimo océano en su interior, se estremeció y tuvo la sensación de que no era la primera vez.


   El grupo no duró demasiado tiempo dividido, ya que poco a poco fueron uniéndose para compartir palabras que no les llevarían muy lejos: en concreto, hasta las atracciones en las que más tarde pagarían para subirse.

   Se divirtieron como los niños que aún conservaban dentro en los coches de choque para adultos. Rieron a carcajadas y más de uno deseó volver a repetir en la montaña rusa, aunque la mayoría acabó negándose. Se olvidaron de quienes eran, pero ninguno de ellos permitió perder la esencia que hacía de cada una de sus almas un ser único, casi invencible. Con sueños por cumplir y todavía demasiadas canciones sin escuchar.

   En el fondo eran desconocidos con muchas cosas en común, preparados para lo inimaginable, con unas ganas inmensas de seguir adelante a pesar de los obstáculos. Tenían un guerrero como espíritu y todo en ellos gritaba aventura para poder escapar de la realidad.


   Ethan propuso que se trasladaran hasta la playa, así que terminaron sentados sobre la arena en dirección al horizonte. La luna llena les observaba desde arriba y casi podía afirmarse por la colocación de sus cráteres que sonreía de oreja a oreja.

   ¿Y bien? preguntó Hayley a la vez que se tendía en la cómoda superficie y cerraba los ojos, colocando ambos brazos detrás de su cabeza.

   ¿Os apetece jugar a algo? respondió Madison con otra cuestión mientras imitaba la posición de la pelirroja, quedándose apoyada sobre sus codos para acto seguido dirigirse al resto con visible interés.

   —¿Podríamos... hacer las 20 preguntas? intervino Chad, girándose hacia ellas.

   ¡Vale! exclamaron al unísono.

   Empiezo yo anunció Ethan, cambiándose de sitio para poder ver sus rostros.

   Zafire estaba sentada al lado a Amber, curioseando cómo manejaba su cámara para fotografiar al grupo distraído, ajenos a su acción. A veces echaba un vistazo a Ezra cuando este la miraba de vez en cuando y se cruzaba sin querer con su sonrisa de anuncio, provocando así que se la devolviera inevitablemente.


   El juego se alargó más de lo debido y continuaron haciendo preguntas con el alboroto apenas audible que provenía de la feria de fondo. On Melancholy Hill de Gorillaz empezó a sonar y los presentes dirigieron su atención hacia Ian, quien estaba recostado lateralmente marcando el ritmo de la melodía con los dedos sobre la arena.

   ¿Qué? dijo con una sonrisa que podría ser capaz de quitarle el hipo a cualquiera al sentir todas las miradas encima de él Habrá que adaptar el ambiente a nosotros, ¿no?

   Estallaron en una carcajada sonora y uno a uno se fue uniendo a la canción, añadiendo unas palmas que encajaban a la perfección con la armonía. Zafire los admiraba con una extraña sensación de satisfacción recorriéndole el cuerpo de pies a cabeza, escuchándolos cantar hasta en las partes instrumentales. Se respiraba un bienestar tan inefable que a la joven le resultó imposible no sentirse a gusto rodeada de ellos, así que decidió dejarse llevar por la música, olvidándose de todo por unos minutos.




☁ ☁ ☁ 




   De camino a casa, Zafire no dudó en darles las gracias por haberla acogido tan bien como lo habían hecho. Ethan soltó una risotada y la abrazó contra su pecho, lo que hizo que la morena se sonrojorara y se escondiera en su cuello, abrazándole de la misma manera.

   Las gracias te las tendríamos que dar nosotros a ti, Zaf dijo Amber con una gran sonrisa sobre los labios.

   Esta noche no lo habrás notado demasiado, pero estamos un poco locos comentó Ezra, encogiéndose de hombros después.

   ¿Solo un poco? añadió Theo rodeando a Hayley con el brazo, para que a continuación la pelirroja asintiera y mostrase su blanca hilera de dientes. El joven la vio por el rabillo del ojo y la miró, enarcando una ceja— ¿Estás segura?

   —Por supuesto —respondió prolongando las vocales—. ¿Por qué íbamos a estarlo?

   Se quedaron en silencio mirándose unos a otros y Zafire no pudo evitar reírse ante la escena.

   —Vuestra locura os hace únicos —contestó ella.

   Y no mentía.


   La acompañaron caminando de dos en dos por la estrecha acera. La joven aprovechó para acercarse a Hayley y preguntarle por sus manos manchadas de tinta, lo que provocó que la muchacha se sorprendiera.

   —Salí con prisas porque llegaba tarde, estaba probando una pluma nueva que me han comprado —habló mientras observaba sus dedos y luego se dirigía hacia ella.

   —¿Escribes? —quiso saber Zafire esbozando una sonrisa y ladeando levemente la cabeza.

   La pelirroja le devolvió el gesto cuando asintió.

   —Así es —afirmó y continuó—. Mi hermana también escribía, así que el mérito de mi inspiración suele llevárselo ella. Sus escritos son increíbles.

   —Y… ¿qué escribes, si se puede saber? —cuestionó de nuevo, guiando su curiosidad hacia sus palabras.

   —No… no sabría explicarlo. ¿Nunca has sentido que estás ahogándote por dentro y tienes la necesidad de echarlo fuera? Escribo para evitar eso, para sentirme siempre libre y ligera, o al menos para intentar mantenerme así una temporada.

   El tono desolado de su voz había llegado a conmoverla de tal forma que sintió ganas de envolverla con sus brazos y prometerle que no volvería a dejar que se ahogase en sus propios pensamientos.

   —¡Chicos! ¿Habéis visto cuántas estrellas hay esta noche? —exclamó Chad con la vista puesta en el cielo, deteniéndose para admirar los luceros.

   —Mi abuelo decía que todo el que muere se convierte en una —dijo Amber, poniéndose el jersey que traía atado a la cintura y levantando la cabeza para disfrutar del paisaje —. Algún día, todos estaremos allí arriba preguntándonos por qué las personas piden deseos al vernos pasar.

   —¿No os parece mágico? —preguntó Ian, observando el firmamento.

   —Me encantaría tocarlas —susurró Ezra con las manos en los bolsillos, asombrado por el panorama—. ¿No os gustaría?

   —Y a las nubes… —murmuró Byron.

   —Y poder ver auroras boreales —continuó Theo, apoyando su cabeza en el hombro del recién nombrado.

   —Os vais a reír, pero cuando era pequeño jugaba a ser astronauta —comentó Ethan con un aire nostálgico—. Me apasionaba la inmensidad del universo.

   —¿Por qué íbamos a reírnos? —contestó Madison, echándole una última ojeada al cielo y dirigiéndose hacia él.

   —Supongo que son cosas de niños. Sabía que nunca llegaría a serlo.

   —Pero nunca eres lo suficientemente mayor como para dejar de creer en tus sueños.

   Ninguno quería abandonar aquel instante.

   Soñaban con vencer a los conflictos que les atormentaban y solo podrían conseguirlo si permanecían unidos: porque habían encontrado en sus opuestos algo que perdieron hace mucho tiempo. Para recuperarlo, tendrían que superarse a ellos mismos.

   Y allí, bajo el encanto interminable de la noche, Zafire experimentó por primera vez la sensación de sentirse eterna.


   No fue la única.

Capítulo tres

miércoles, 6 de julio de 2016

Por la mañana amaneció sobre su cama, entre las sábanas. Mientras observaba a los rayos de sol colarse por su ventana y reflejarse en gran parte de su habitación, le pareció escuchar una de sus tantas canciones favoritas al otro lado de la pared: Formidable, de Stromae. Le fue inevitable empezar a marcar el ritmo con el pie en cuanto se sentó y apoyó ambos en el suelo, tomándose su tiempo para estirarse. Esbozó una sonrisa y tras haber respirado hondo, se animó a sí misma a levantarse con un “tú puedes”. Volvió a continuar con la melodía de la canción cuando se digirió al armario y eligió uno de los vaqueros negros que había traído, una camiseta blanca con un estampado étnico en el centro y un jersey rojo que más tarde se ataría en la cadera.

Antes de meterse en la ducha puso el móvil sobre el lavabo y entró en su galería musical, tanteando entre las melodías y dejando sonar su playlist favorita. Se deleitó con las canciones de Shanon y los chicos durante la media hora que estuvo bajo el agua, observando las tres paredes que la rodeaban y la casi transparente cortina azul cielo. Reflexionando sobre lo que le depararía la ciudad que a sus ojos parecía ocultar un gran secreto.

Ya estaba vestida para cuando terminó de sonar la última canción de la lista y salió de la habitación con las toallas húmedas que había utilizado para secarse. Antes de acercarse a las escaleras hizo ademán de saludar a Byron, pero al ver que estaba sentado en la silla de su escritorio pendiente a la pantalla del portátil tocó la puerta para intentar llamar su atención. Cuando lo logró, susurró un buenos días desde donde se encontraba. El joven se deshizo de los auriculares y se levantó para abrazarla con una sonrisa de oreja a oreja que le ocupaba la mitad del rostro.

¿Qué tal tu primera noche aquí? preguntó el muchacho. Al hablar irradiaba tanta felicidad que consiguió contagiársela a su compañera.

Bastante bien. Ni siquiera me enteré cuando me llevasteis a la habitación respondió en un intento por dejar de sonreír, pero fue en vano. Le estaba empezando a doler la mandíbula.

Byron la observó confundido y soltó una carcajada.

No sé de qué me estás hablando. Subiste tú sola, Zaf. De hecho, estuviste a punto de comerte un escalón. Después murmuraste una blasfemia y fuiste directa a tu habitación apoyándote en las paredes. Quise grabarte, pero mi padre no me dejó. Hubiera sido divertido.

Zafire le propinó un puñetazo cariñoso en el brazo mientras reía y negaba con la cabeza a la vez. Algo dentro de ella sentía que echaría de menos a Byron cuando volviera a casa.

Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

El móvil del moreno comenzó a sonar y lo sacó de su bolsillo para atender la llamada. La joven empezó a analizarlo con curiosidad durante los minutos que estuvo al teléfono, siguiéndole con la mirada cuando se movía por la habitación pasándose la mano por la nuca.

Byron era guapo, no podía negarlo. Tenía esa clase de ojos que ves un día cualquiera por la calle y sientes la necesidad de detener a esa persona para contemplarte a través de sus pupilas. Casi hipnotizantes. Los pendientes y la dilatación que llevaba ayudaban a que no pasase desapercibido, aunque también tenía aspecto de que era lo único que deseaba. Su vestimenta era muy común a simple vista, pero aquel estilo le quedaba como anillo al dedo y eso tampoco se atrevió a negarlo.

Cuando colgó, se dirigió a ella y esbozo otra sonrisa tan amplia como la que había visto sobre sus labios al entrar en su habitación.

Esta tarde viene mi pareja de sus vacaciones y me ha dicho que si quería ir por la noche a la feria con él y unos amigos, ¿te apuntas?

Zafire se quedó en silencio y discutió mentalmente con su cerebro. A su madre no le gustaría que estuviera encerrada en su cueva, y a su padre menos.

No le quedó más remedio que asentir con la cabeza para aceptar la propuesta de Byron. De todas maneras, no podía ser tan malo conocer gente. Si en algún momento dejaba de sentirse a gusto podría volver a casa con la única excusa de que algo le había sentado mal.

Theo te caerá genial, ya lo verás.




☁ ☁ ☁





Byron y Zafire se dispusieron a preparar la mesa antes de que sus padres llegaran de trabajar. Entre risas y un vaso roto consiguieron su propósito justo cuando escucharon que la puerta se abría.

¡Ya estamos en casa! exclamó Patrick, dejando las llaves en el recibidor y quitándose el abrigo y la bufanda, colgándolos ahí también.

Joey, sin embargo, fue directamente a la cocina para saludar a su hija. Se la encontró lavando lo que habían utilizado para cocinar y la besó en la frente, rodeando después a Byron por los hombros mientras olfateaba al aire.

Huele bien, ¿qué habéis hecho?

Burritos de queso al microondas respondió Byron con tono orgulloso. Le guiñó un ojo a Zafire cuando ella esbozó una de sus bonitas sonrisas y se cogió las manos a la espalda.

Vaya, y habéis preparado la mesa comentó Patrick tras haber entrado en la cocina, observando con detección los electrodomésticos y dirigiéndose hacia los jóvenes.

Las cosas se hacen bien o no se hacen –dijo Zafire.

Los cuatro se echaron a reír y, acto seguido, tomaron asiento para empezar a comer. La estancia se sumió en un silencio que a ninguno les pareció molesto minutos más tarde. Se comunicaban con miradas. A Zafire la situación le resultó divertida, así que se sintió más a gusto de lo que ya se estaba. Si en lugar de estar allí hubiera estado en su casa, se hubiera quejado, pero este silencio era muy diferente. Emanaba paz y tranquilidad. Se sonreían y cada uno parecía estar ensimismado en su mundo. En otra dimensión. Su padre la miraba de vez en cuando y también le sonreía. Aquellos actos hicieron que se diera cuenta del fallo que había cometido al intentar que sus padres continuaran juntos. Se querían, pero hacía tiempo que habían dejado de ser uno.

Papá, esta noche Zafire y yo vamos a ir a la feria con los chicos habló Byron, haciendo que ella volviera a la realidad.

De acuerdo —respondió Patrick con una sonrisa, apoyando los cubiertos sobre la mesa, pero con una condición.

El joven bufó y Zafire no pudo evitar reír por lo bajo.

Adelante, quiero oír la condición.

¿Puedes pasar por casa de tu abuela para recoger unas cartas?

Byron se encogió de hombros y fulminó a la morena con la mirada sin dejar de sonreír.

Si no me queda otra…

Gracias, Byron: eres el mejor hijo que tengo.

Pero si solo me tienes a mí… protestó el muchacho.

Los presentes rieron, incluido Byron.

Joey miró a su hija y le colocó un mechón de cabello tras la oreja.

Diviértete esta noche, ¿de acuerdo?

—Lo intentaré —contestó Zafire con una sonrisa.




☁ ☁ ☁





Salieron por el garaje, detrás del coche de Patrick. Continuaron su camino por la acera en silencio hasta que la joven decidió hablar. Byron se dirigió hacia ella para mirarla.

—¿Dónde conociste a Theo? —le preguntó y Zafire también le miró.

Él inevitablemente sonrió y se metió las manos en los bolsillos.

—Nos conocemos desde el instituto —dijo, y añadió—. Llegó nuevo y a mí me llamó muchísimo la atención. Ni siquiera sé la razón, pero no fue hasta que lo invitamos un día a salir con nosotros, con mi grupo de amigos, cuando comencé a fijarme en él. Me suponía un gran reto intentar conocerle porque al principio era muy callado. Podía estar allí y tú ni siquiera darte cuenta de su existencia. Él siempre me da las gracias por ello, por no haberle hecho sentir invisible.

—Eso es… bonito. —fue lo único que pudo salir de su boca, pero en ningún momento dejó de mirarle. Parecía estar a punto de echarse a llorar, pero solo le brillaban los ojos. Y Zafire lo entendió.

—Lo es —afirmó Byron mientras asentía y sonreía de forma nostálgica—. Cuando me lo recuerda, me dice qué cómo pude haberme fijado en él, pero yo creo que es un chico increíble y me encantaría que me creyera cuando se lo digo.

—Es normal, supongo —respondió Zafire, poniendo una mano sobre la espalda de Byron, acariciándosela con la yema de los dedos sobre la camisa de cuadros—. Tú también lo eres, o eso creo.

—Me acabas de leer la mente, señorita.

Para cuando se dieron cuenta, ya habían llegado a su destino. Byron fue quien tocó el timbre de la casa y esperaron en el porche a que la mujer abriera.

Al hacerlo, Zafire se fijó en ella y esbozó una sonrisa. Era preciosa y aparentaba ser más joven de lo que probablemente era.

—Hola abuela... —la saludó el joven, acercándose a ella para darle dos besos en ambas mejillas.

—Hola tesoro —le devolvió el saludo a su nieto y se detuvo antes de saludar a Zafire, mirándola con atención—. Tú debes ser la hija de Joey… sí, Joey. ¿Cómo era tu nombre, guapísima?

—Zafire —contestó la morena, casi en un susurro.

—Tu padre me enseñó una foto tuya hace tiempo cuando fui a visitar a Patrick. Supongo que también conoces a mi hijo. —dijo la mujer con una sonrisa y dejándolos pasar a los dos cuando se colocó a un lado de la puerta.

—Claro —asintió Zafire, pasando con cierta timidez a la casa.

¿Por qué olía tan maravillosamente bien?

Cerró la puerta y se acercó a la mesa del comedor, cogiendo una pequeña bolsita y las cartas de las que había hablado Patrick.

Regresó y tras haberle dado los sobres a Byron, sacó dos pulseras de lana naranja y verde del interior de la bolsa para después guardársela en el bolsillo. Acto seguido, miró a su nieto y a Zafire y les dijo que les enseñara las muñecas.

—Una de estas era para mí, pero es probable que tú la necesites más que yo —dijo dirigiéndose hacia la más joven—. Antes de ponértela, tienes que pedir un deseo. Cualquier cosa, pero no la malgastes.

Zafire se sorprendió y sostuvo la pulsera entre sus dedos. Inevitablemente pensó en Shanon y los chicos, pero no supo la razón.

—Abuela, el detalle es bonito, pero los sueños… —intervino Byron, siendo interrumpido por la mujer.

Puso el dedo índice sobre sus labios en señal de que se callara y el moreno asintió, cerrando la boca.

Nunca serán tiempos difíciles para los soñadores si estos no sueñan con rendirse, chicos. Por lo que más queráis, no dejéis que ellos mueran cuando vuestro corazón lo haga. Creed en ellos y ellos creerán en vosotros.

A Zafire se le llenaron los ojos de lágrimas y abrazó a la mujer sin pensárselo dos veces.

Lo haré, se lo prometo.

Capítulo dos

domingo, 3 de julio de 2016

Su padre la estaba esperando en el aeropuerto de Londres, Heathrow, alzando un cartel que llevaba escrito su nombre en mayúsculas. Zafire esbozó una sonrisa al divisarlo y se escabulló entre el barullo de personas. Cuando hubo conseguido escapar de los empujones y demás estorbos, se abrazó a su padre como quien encuentra lo que más quiere en el mundo tras un largo período de búsqueda. El hombre besó la sien de su hija y pasó la palma de su mano por el cabello de la joven, besándoselo también.

¿Lo tienes todo?

Zafire asintió aún sin deshacer el abrazo y caminó con él hacia los aparcamientos. De camino al coche ninguno de los dos articuló siquiera una palabra.

No se sorprendió al reconocer el CD que comenzó a reproducirse en el vehículo cuando el hombre encendió la radio. Joey sentía una gran admiración hacia U2, por lo que dedicaba la mayor parte de su tiempo libre a escucharles. Se sabía todas y cada unas de las canciones al pie de la letra. Zafire, sin embargo, prefería a The Script por encima de todo. Podía pasarse las tardes encerrada en su habitación con la música a todo volumen, cantando, sintiendo como la melodía se le calaba hasta las entrañas, disfrutando de la sensación que las letras le provocaban. Y después de casi tres horas deleitándose con ellas, terminaba cuestionándose sobre la vida. Aquellas preguntas no la iban a llevar a ninguna parte, puesto que por mucho que se esforzase en encontrar sus respectivas respuestas, no había manera.

A veces llegaba al estado en el que apoyaba la cabeza en la pared y, con los ojos cerrados, las lágrimas empezaban a resbalarle por las mejillas sin razón visible que las hiciera brotar. Hubo días en los que se preguntó si era normal que estuviera acostumbrándose a ello. A llorar.

Su madre siempre se daba cuenta de que lo había hecho porque el tono de su piel se tornaba rojizo. O simplemente porque Zafire terminaba por delatarse. Luego suspiraba tan hondamente que parecía que inhalaba y exhalaba como quien necesita evadirse del mundo entero por un rato. Y quizá lo necesitase, pero no precisamente un rato.

Maggie intentaba animarla con todo lo que estuviera en su mano. Incluso, llegaba a encerrarse con ella en su habitación para escuchar música. Había días en los que Zafire dejaba que su madre pusiera canciones que probablemente la joven no hubiera escuchado en la vida. Y no porque no le gustasen, sino porque eran canciones que Maggie escuchaba cuando tenía la edad de su hija. De ahí que se enganchase al grupo A-ha, o a Cyndi Lauper, entre otros.



☁ ☁ 



Llegaron más rápido de lo que Zafire esperaba. Con ayuda de Joey bajaron sus maletas y entraron en la casa tras haber saludado a unos chicos que estaban sentados en el porche de la casa de al lado. Zafire no supo la razón, pero los rasgos de aquellos muchachos le habían resultado familiares.

Paseó por el salón admirando cada mueble colocado perfectamente en el lugar que encajaba y tomó asiento en una de las sillas del comedor. Su padre le quitó el abrigo que llevaba puesto y lo colgó en el perchero que estaba al lado de la puerta. Zafire lo seguía con la mirada, dando pequeños toques en la mesa con la yema de los dedos. Sonrió.

¿Vives solo? preguntó la castaña.

Joey negó y señaló con la cabeza una de las fotos que estaban pegadas en la pared de color marfil. Zafire se acercó y pudo distinguir dos rostros que no conocía acompañando al de su padre.

Patrick, y el moreno es su hijo respondió Joey justo cuando la joven había abierto la boca para hablar. Trabajamos juntos en su empresa, es un buen hombre añadió mientras la abrazaba por los hombros y la atraía hacia su pecho.

Zafire no pudo evitar reír y devolverle el abrazo.

Te echaba de menos, papá susurró antes de levantar la cabeza para encontrarse con sus ojos puestos sobre ella.

Joey sonrió y le dio un beso de esquimal.

Yo también, Zaf. Tenía ganas de verte contestó y le colocó un mechón de cabello tras la oreja. ¿Quieres ver tu habitación y así subimos las maletas?

Claro, sería genial respondió con una sonrisa y cogió una de ellas, caminando hacia las escaleras detrás de su padre.

Subieron y el hombre la guió hasta el que sería su refugio durante el tiempo que iba a pasar en la casa. Al soltar su equipaje observó con atención las paredes de la habitación y divisó un hueco perfecto para colgar los posters y fotos que había traído. Si aquel lugar iba a convertirse en su segunda casa, tendría que llevar parte de ella hasta allí.

Cuando Joey la dejó sola se dedicó a ordenar su ropa en los armarios y cajones. Se sentó en la cama sacando su móvil y antes de poner la música, hizo una llamada.


Wrong, you never got it wrong, you always got it right…”


Pensaba que no me ibas a llamar, Zaf dijo su madre al otro lado de la línea nada más haber descolgado el teléfono. Por alguna extraña razón Zafire sabía que estaba sonriendo.

Acabo de llegar a casa de papá y estaba poniendo la habitación a mi gusto –respondió la morena mientras se tumbaba hacia detrás sobre las sábanas. ¿Tú cómo estás? ¿Ya me echas de menos? continuó con una sonrisa traviesa.

—¿Yo? ¿Echarte de menos? Ya te gustaría que te echara de menos. Ni que fueras alguien importante en mi vida —contestó Maggie, riendo después y bajando el volumen de su risa a medida que exhalaba con paciencia—. No hace un día que te has ido y ya siento la casa vacía.
—Volveré antes de que te des cuenta, te lo prometo...
—¿También me prometes que me vas a llamar si necesitas algo, verdad? Aunque no pueda estar cuerpo presente, me tienes aquí.
—Lo sé, mamá. Y lo mismo te digo, ¿de acuerdo?
Zafire se incorporó quedando apoyada en sus codos al oír la puerta principal. Se levantó y con la misma parsimonia con la que había organizado sus cosas, se acercó a la puerta de su habitación y se asomó al pasillo para escuchar las voces que provenían del piso de abajo. Deben ser Patrick y Byron, se dijo a sí misma.
—No creo estar volviéndome loca, pero estoy oyendo voces... ¿Tu padre vive solo? —quiso saber su madre.
—Vive con un compañero del trabajo y su hijo —respondió volviendo sobre sus pasos, dejando la puerta entreabierta—. Tendré que bajar a saludar, así que tengo que colgarte, mamá.
—De acuerdo, cielo. Ya te llamaré un día de estos y me cuentas qué tal tu nueva vida. —añadió dos besos sonoros a su despedida y colgó.
La joven no pudo evitar sonreír ante las palabras de su madre, pero no las compartió. Su vida entera se encontraría allí donde estuviera ella, por lo que aquello tan solo sería un capítulo más para su historia.

Depositó el móvil en uno de los cajones de la mesilla y salió de la habitación cerrando la puerta a su espalda. Bajó las escaleras y se encontró con, efectivamente, las personas que esperaba que fueran. Se detuvo frente a ellos esbozando una sonrisa y los desconocidos se levantaron para saludarla más cómodamente.
—Tu padre me ha hablado de ti —comentó Patrick dándole un abrazo cuando Zafire había extendido su mano para estrechársela. Lo respondió de igual manera sin hacer desparecer la sonrisa en ningún momento y observó al hombre en cuanto se separaron—. Eres exactamente como te imaginaba —dijo, y continuó—. Por cierto, soy Patrick. Y este es Byron, mi hijo. —rodeó por los hombros al chico que estaba a su lado y se dirigió de nuevo hacia Zafire, sonriendo.
—Encantada —contestó ella para, acto seguido, recibir otro abrazo por parte del joven. También se sintió a gusto entre sus brazos, así que no dejó de sonreír.
—¿Qué tal el viaje? —le preguntó Byron volviendo a su posición inicial, metiéndose las manos en los bolsillos y devolviéndole la sonrisa.
—Bastante bien, sinceramente. —asintió mientras hablaba, recordando a la niña que le había hecho parecer que el trayecto durase menos de lo que correspondía: Abigail. Se preguntó a sí misma si volvería a verla.
La voz inconfundible de su padre hizo que los tres se giraran hacia la puerta de la cocina. Traía consigo una bandeja con vasos, bebidas y algunos aperitivos.
—¿Pretendéis quedaros de pie o voy a tener que sentaros?

   ☁ ☁ 

Las carcajadas habían empezado a apoderarse del salón. Las anécdotas y la imaginación habían hecho efecto de la misma manera en la que la felicidad lo hace en la vida de todo aquel que puede llegar a conocerla a fondo, con ayuda o sin ella.
Joey se encontraba tumbado en el sofá con la cabeza apoyada en el regazo de su hija, la cual estaba sentada con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el mullido respaldo. Patrick imitó la postura de la joven pero, en lugar de ocupar el otro sofá, estaba en el suelo. Sin embargo, Byron se había tendido boca arriba a su lado, poniendo los brazos detrás de la cabeza para intentar adaptarse a la superficie plana.
Y allí, en aquel lugar que pronto dejaría de sentir extraño, Zafire se dio cuenta de que un final puede conducirte hasta un nuevo comienzo.

Y qué mejor inicio que en la ciudad de sus sueños.